Después de una de mis peores semanas en lo que va de año, he vuelto. Sé que me habéis echado de menos, sobre todo por las visitas a vuestros blogs (que no han sido muchas), pero hoy estoy aquí de nuevo.
Llevo toda la semana intentando escribir algo coherente, algo con pies y cabeza, algo que (como siempre) salga de mí y me haga sentir bien cuando lo releo, pero esta semana no ha sido así, la cosa no ha sido tan fácil, porque esta semana estoy de bajón, decaído, triste, apocado, “choff”.
Todo me ha salido mal, me he cabreado con mis padres, con mi hermana, con mi amigo, incluso conmigo mismo, porque estoy insoportable a más no poder. Pero hoy la cosa ha cambiado, como si de un milagro se tratara, hoy me han transmitido una paz, un sosiego y una serenidad que hacía mucho tiempo que no tenía.
Todo ha comenzado porque esta noche mi tío me ha llevado a la Iglesia, (no, la Iglesia no es ningún pub de moda, ni siquiera es un garito para salir de fiesta) me refiero a la Iglesia en el sentido cristiano, a esa a la que la gente va/vamos a rezar y a pedir cosas a Dios cuando vemos que nos aprieta el zapato. Pues de ahí he venido hace un rato.
Resulta que me pidió que lo acompañara a escuchar una especie de “catequesis” que daban personas normales, como tú y como yo, que cuentan sus experiencias y muestran a los demás la presencia y las acciones de Dios en sus vidas. Puede sonar a secta o a algo parecido, pero nada más lejos de la realidad.
Aún así, yo no quería ir, porque aunque creo en Dios, hay algunas cosas que no me cuadran, pero al final (por no hacerle el feo a mi tío) lo he acompañado. El caso es que una vez allí simplemente me he dedicado a escuchar, a oír las experiencias que aquellas personas habían pasado, todas las penurias que habían sufrido, todo lo que habían tenido que luchar para seguir adelante y el papel principal que Dios había tenido en sus vidas.
Si habéis leído algo mi blog, ya sabéis que yo no soy el mejor ejemplo de hombre cristiano, entre otras cosas porque no soy practicante. Aún así los testimonios de las personas que han hablado esta noche me han puesto los pelos de punta y han conseguido hacerme un nudo en la garganta.
Quizás no me hayan proporcionado la fe suficiente como para volver a ser un cristiano practicante (porque yo hace unos años lo era), o para empezar un camino en comunión con la Iglesia, pero para mí ha sido una experiencia increíble ver por ejemplo cómo un hombre joven con una enfermedad degenerativa (que acabará en una silla de ruedas) daba gracias a Dios por haberle ayudado a seguir adelante; también he oído cómo una chica de 24 años era feliz en la Iglesia incluso después de haber padecido un cáncer y tener una pierna amputada; incluso me he emocionado de ver cómo una joven madre de 28 años se resignaba y pedía fuerza y valor a Dios porque su niña de menos de un año padece un cáncer terminal…
Yo no sé hasta dónde puede llegar la fe de estas personas (en mi opinión es infinita), ni siquiera sé si están en lo cierto o simplemente se están haciendo sus propios castillos en el aire y buscan respuestas a preguntas incontestables en la Iglesia; lo que sí sé es que después de oír todo lo que he oído y ver lo que he visto por fin hoy me siento bien conmigo mismo.
Me siento bien porque me he dado cuenta de que soy un egoísta, me siento bien por ser como soy, porque no tengo ninguna enfermedad, porque tengo un padre, una madre y una familia que me quieren (aunque a veces no me lo demuestren), me siento bien porque tengo una vida por delante que quiero aprovechar a partir de ahora, me siento bien porque por suerte mi vida no es solo sufrimiento, también hay cosas buenas (aunque a veces yo no las vea, o no las quiera ver), me siento bien porque he tenido momentos de felicidad que han valido muchísimo más que los momentos de pena. Me siento bien porque estoy aquí, ahora, escribiendo estas palabras, porque puedo, porque quiero, porque soy como soy.
Feliz Finde.





